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Mostrando las entradas de febrero, 2026

Las desventajas de ser un robot sensible

Las entrevistas son pocas en un mundo que exige habilidades como si la especie humana aspirara a ser un robot: uno que no siente, no se cansa y solo existe para producir dinero. Entre menos sientas o pienses, mejor. Así te podemos programar al gusto.

El verdadero problema es que, como un gran idiota me dijo alguna vez: “sientes mucho, no deberías hacerlo, trata de ya no sentir”. Ojalá fuera fácil. 

Como si mi sensibilidad, la forma en que veo el mundo, a las personas e incluso a las cosas, mi sentido de justicia y mi manera de pensar fueran un botón que pudiera manejar a mi antojo; prenderlo y apagarlo según convenga para no incomodar a los demás.

Al mismo tiempo, hay otra parte de la población que siente algo parecido, más o menos que yo, que lo aplaude y casi exige sentir aún más, como si no existiera un precio que pagar por vivir de esta manera.

Peor aún: la sensibilidad —o todos estos sentimientos que ni siquiera siempre se pueden nombrar— no se pueden monetizar, entonces debes aprender a ponerte un traje. El dinero no se lleva bien con los sentimientos… bueno, salvo con los de avaricia; esos siempre están ahí, coqueteando. Seguramente alguna vez caí en eso. Tampoco quiero hacerme la mártir ni la inocente, porque sería la primera mentira del texto.

Por eso dicen que no es bueno estar en medio. Aparentemente ese siempre ha sido “mi problema”: no decidirme por un lado. No porque no quiera, sino porque otra cosa en mí es la polarización extrema. Todo es blanco o negro. Me olvido de la existencia del gris y de los miles de millones de tonos intermedios.

Aun así, siempre elijo el cero, porque está al centro del plano cartesiano. Como referencia. Como punto de partida. Como lugar incómodo desde donde miro todo.

¿Ahí es donde existe o afirmo mi humanidad?