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Mostrando las entradas con la etiqueta Abuelita

Abuelita

3 años y sigo esperando escuchar su voz cuando suena su canción y hacerme entender que por más que vengan otros y otros, nadie es como ella y lo que significa para mí. 

3 años y no podemos apagar la luz de la sala por la noche porque siento que me dirá que se ve muy fea la oscuridad y el silencio. 

Cada jueves viene una señora a vender flores, yo evito salir porque aquella señora tiene una vibra muy fuerte que me recuerda a ella. 

La primera vez que la vi y la semana pasada que cruce palabra con ella, me vienen unas ganas enormes de abrazarla. Extraño mucho a mi abuelita. 

La novedad es que ya casi no lloramos con su recuerdo, ahora sólo sonreímos y en mi caso, me aferro a las memorias como si de eso dependiera que se vaya o no de mi. 

Había días que quería que fuera una abuelita de película, de esas que siempre son cariñosas y te dan chocolates y dulces. Ella lo era cuando quería, ahora agradezco haber conocido esa parte, pero también era una mujer fuerte y valiente que no se dejaba, también agradezco haber conocido ese lado porque eso nos enseñó a todos a ser un poco así como ella. 

En este último año he entendido que más que mi abuelita; la mujer que cuido a mi mamá para que yo naciera bien, más que la señora que me vio crecer, que me consintió y regañó, hasta cierto punto era mi amiga, mi complice. 

Como de esas amigas que a pesar de estar peleando siempre están juntas. Tan así que extraño que me regañe porque me pinté el cabello pero también extraño abrazarla y oírla cantar. 

Y es que tengo vídeos de ella cantando o sólo hablando pero no me atrevo a verlos o sé que no podré parar de llorar. 

Me acuerdo cuando dijo que yo no la quería, sé que a veces me portaba grosera y después a mi cerebro le viene el recuerdo cuando veníamos de regreso del doctor y me dio las gracias por haberla llevado, yo le respondí que como no la voy a cuidar si ella me ha cuidado por tantos años y estoy segura que lo sigue haciendo. 

A veces, antes de dormir la llamo para que venga a mis sueños pero la mayoría de esas ocasiones se me olvida el sueño o sé que aparece pero ni me mira o me dice algo.

Pienso que la extraño porque no estuve suficientemente tiempo con ella o peor aún, estuve pero no la disfrute como debía. Espanto ese pensamiento o me estanco ahí. 

París

Parece que estamos en casa tratando de averiguar lo que le molestó a mi papá; un berrinche de su parte ya no es novedad. 

La única pista que dejó fue un pan en la mesa. Tal vez imaginó que sería como Hansel y Gretel. Tiene la habilidad de manipular a mi mamá y a mi hermano a su antojo. 

Yo estoy como espectadora viendo el drama y bien enchilada por las ridiculeces que nos hace pasar. 

Quiero escribirle lo que en verdad pienso, mejor aún, llamarle y casi decirle en su cara, capaz y me suelto a reclamar tantos años. Ja, mis traumas. 

Tal como lo sospeché mi mamá y mi hermano van tras él, temen que pase algo que nos arrepintamos después. 

Exactamente no sé si hay pandemia pero creo que es lo menos importante en este momento. 

Me quedé hipnotizada en el patio, como siempre, no sé qué hacer o decir. Puede que ellos hayan pasado frente a mi para ir a buscarlo. 

Yo, como cuando era chiquita, me quedé con mi abuelita que estaba en la puerta espiando o despidiendo a mi mamá. 

Me llamaba y me decía que fuera a ver para que le dijera que era ahí. Estando a su lado le dije que era la torre de Pisa y que si quería ir, yo giré la cabeza a la izquierda. 

Detrás de un árbol se veía el museo de Louvre. Me emocioné y la convencí que mejor fuéramos ahí porque le gustaría más. 


Ahora que lo pienso, no sé si la obligue; pero ella aceptó. Le dije que iba por las llaves y le expliqué a mi tío que ahorita veníamos y le pregunté si iba a salir, él dijo que saldría y me volvió a recordar que me llevara llaves por si acaso. 

Salí con mi abuelita tomada de mi brazo, emocionada porque quería ir conmigo (o yo con ella) al museo. 

Íbamos caminando como si fuera a tomar el camión cuando encontramos de frente a una pareja, mi abuelita exclamó: excuse moi y yo le dije que no preguntará porque yo no iba a entender. 

Me sorprendí al escucharla hablar francés. La pareja dijo que no entendía pero ahora en español. Estando a la mitad de esa pequeña subida volteé y en sentido contrario veía el museo y mi cerebro no procesaba como iba a llegar yendo en sentido contrario. 

Saqué el celular y google maps no funciona del todo bien en sueños, porque tardo mucho en cargar, como pudo me señaló el camino y me dijo que debía cruzar el puente y atrás de la barranca de mi casa hallaría mi meta. 

Caminamos hacía bajo, pasamos por un túnel con mucha vegetación. La sorpresa fue que al final de aquel pasillo vegetal estaba la entrada a nada más y nada menos que al museo de Louvre. 

Estaba enorme, un poco concurrido. Bajamos escaleras estilo Grand Central Terminal y antes de comprar boleto le pregunté a mi abuelita si había comido porque el camino iba a ser largo. 

Me dijo que no, di la vuelta para llevarla a la cafetería donde curiosamente todo estaba en español o mágicamente entendí francés.

Estaba angustiada porque no había llevado mi computadora y mis vacaciones se habían terminado, pero espante esos pensamientos porque estaba con mi abuelita en París.

Yo me moría de ganas de ver la Gioconda y cualquiera que estuviera de Van Gogh.  

Ella iba a elegir que comer, pero antes le propuse que saliéramos para tomarle la foto de recuerdo, dije que si pero por ahora sólo le iba a tomar una foto afuera del museo, sólo que no encontré la salida. Mi despertador sonó y regresé desde París con mi abuelita. 

*** Nota ***

Es claro que esto es un sueño y debo aclarar que no todo lo recuerdo con tanto detalle, algunas partes las acabo de crear para llenar ciertos huecos que quedaron en el aire que seguramente estaban pero mi memoria no es tan fiel. 

Fue un sueño hermoso porque estaba a mi lado y muy lejos aunque mi nulo conocimiento de como son aquellas calles las imaginé fuera de casa, pero creo que ahora es un nuevo propósito. Es re obvio que la sigo extrañando mucho. 

Antisocial

Toda mi vida he sido antisocial y he querido estar "encerrada" o alejada de casi cualquier contacto humano. Siempre he considerado que llevo bien mi soledad o el aislamiento. Me agrada mi silencio que contradictoriamente es lo más alejado a lo que hay en mi mente. 

Sin embargo, con toda esta situación siento que hasta para mi es necesario salir porque de otra manera no tengo que escribir en mis libretas, no tengo con que imaginar cualquier cosa, es cierto que los libros ayudan pero hace falta el caos de la ciudad, los ruidos, la rutina para descubrir algo que ayer no vi o sentí. Locuras mías. Bla bla. 

El jueves, me parece, salí al mini super cerca de casa y al regresar me di cuenta que sentía algo en el pecho: mi amigo el miedo del que me había aislado no sé cuantos días desde que se declaró la emergencia sanitaria. 

Un miedo diferente a mis inseguridades cotidianas, un miedo diferente a que algo no me salga en el trabajo o que me despidan por la economía. Es decir, antes de esta crisis mundial ya me había "acostumbrado" o, para que no se escuche tan feo, había aprendido a lidiar con el miedo de salir a la calle y que me acosen, me sigan o hasta desaparezcan. 


"Domine" el miedo a equivocarme en el trabajo, a que me hagan burla, noten mis inseguridades o a no saber que hacer frente a una situación determinada; ya lo dijo Nairobi en la casa de papel, el miedo es casi nuestro amigo cuando lo agarras de la mano y caminas sola por la calle. 

Pero ahora que estoy en casa y salir es un miedo diferente, me da miedo que la gente se me acerque, hablar con ella y olvidar como se trata con alguien que no es mi familia, peor aún, que traiga el virus a casa y cause la desgracia en mi familia más allá si soy o no la oveja negra. 

Me refiero a un miedo diferente al fin del mundo o a morir, porque si yo me contagiará y en el peor de los casos me muero no me importaría, siempre he dicho que no le tengo miedo a eso hasta que me pongo a pensar en las personas que dejaría y me arrepiento. 

Es el horror y pánico pensar que mi mamá puede enfermar y perderla por la "aventura" de cruzar la puerta y toparme con otro ser humano. 


Se dice entre la familia que las personas que morirán de alguna manera lo intuyen, lo saben. Recordando los últimos días de mi abuelita, ella sabía que la muerte estaba de visita, esperando el momento adecuado. 

Reflexionando, yo también la sentía. Por aquellas fechas yo ensayaba el concierto fúnebre del coro y de una manera muy suya me hizo saber que las escuchaba, sólo ella sabrá si en ese momento le resultaron gratas o no. 

Comió entre nosotras un rico caldo de pollo que yo no sabía que sería la última comida que compartí con ella en la mesa. Escuchó la playlist de mi abuelita que le hice y ahora ya no puedo poner sin llorar. Me susurró varias veces al oído que estaba próxima a dejar de escuchar sus respiraciones y me hacía llorar con el terrible pensamiento que al final se volvió realidad. 

Me dijo a su manera que estuviera con ella y que intentara entenderla porque serían las horas más valiosas que ahora recuerdo a su lado...

Y si, la muerte se siente, puedo imaginar que se esconde, pero no, ella no es tímida como yo, ella se muestra a sus anchas, a ella le encanta que sepas que esta a tu lado...


Con todas las noticias que abundan en redes sociales, en la tele, en whatsapp (falsas o no, terminan siendo noticias), en diarios, en radios, en la boca de algún pariente informado es inevitable generar cierta paranoia. 

Cuando estoy descuidada o demasiado relajada la idea de que la muerte puede estar coqueteando con la cercanía si salgo acecha y me da más miedo salir. Es peor porque cuando pase todo esto, no sé cómo podré regresar a mi rutina sin este nuevo amigo que me tomo la mano. 

Sólo deseo que este miedo no lo sienta usted, que esta situación pase pronto y de la mejor manera posible.


*Pongo imágenes que no tienen nada que ver con este post porque es un poco oscuro el tema y tratar de aligerar el post

Hortensia

Siempre he pensado que escribir cosas como estas es una estupidez porque no lo hice en el momento adecuado y ahora ya es inútil escribirlo porque las palabras se vuelven más frías y duras, sin sentido.

Esto lo escribí pocos días después de que ya no estaba con nosotros. Lo escribí porque me da miedo olvidar todas sus palabras, sus enseñanzas y, es muy tonto, pero a ella.


Aún estoy en fase de negación, siento que está dormida en su cama; que no ha apagado la luz de su cuarto para darse cuenta cuando nos subimos o que en cualquier momento va a bajar descalza a regañarme para que ya me suba.

Cuando pongo su música, la voy a escuchar cantar o me dirá que le baje porque le molesta. Mejor ponga el radio porque no le gusta estar en silencio porque se escucha muy feo.

Me dirá que no quiere comer y que de todo me enojo, mejor aún, que le sirva poquito o la mitad de la botella de coca. Me preguntará si ya escuché que hay Lulú de 5 litros, que es mucho refresco.

Por la tarde mientras termino de trabajar o hacer cualquier cosa me llegará el olor a su sopa o arroz que tanto me gustaba cuando lo hacía. Y que a veces la sopa tendrá sabor a catsup porque se la puso por una confusión. 

Me llamará para que vaya a la tienda a comprar un "cuadrito" o me dará una bolsa de plástico para que nadie vea el encargo. Posiblemente me dé dinero para que compre unas papitas que sabe que tanto me gustan. 

Si de pronto se llegase a caer una olla se enojara, la pateara y le dirá “¿para qué te caes, cabrona!?” haciendo más ruido que la misma olla al caerse. 

Hará calabazas con queso o brocolis con mantequilla con magia que sólo las abuelitas saben poner a la comida para que sepa más rico de lo normal. 

Si alguien viene de visita, le ofrecerá de comer y casi lo obligará a comer doble ración con la frase: ¿te sirvo más? ¡si hay! o ¡toma, si están bien ricos!.

Cuando haga alguna travesura, me dará un anillazo con la técnica inigualable y única que solamente ella pudo capturar y mantenerla por todas las generaciones que pasaron. 

Compraré mis chicharrones y le quedará naranja la boca o comerá chocolates. Me dirá que mientras yo limpio abajo la casa, ella tenderá sus camas y quien acabé primero, le ayudará a la otra.

A cierta hora de la tarde, le prenderé la tele y si hay un programa que no le guste me diga que le ponga donde yo quiera.

Si ve mis lentes en la mesa, se los pondrá y me preguntará qué cuánto me costaron, que con ellos se ve bien. Que necesita unos así porque le arden los ojos cuando ve la tele.

Si lloró me preguntará ¿Qué te pasó? y le preguntará a mi mamá ¿Por qué llora la niña?

Cuando sea mi cumpleaños, dirá que cumpliré 18 y que el año nuevo es mil novecientos…ah no, ¿qué año?

Hablará con mi abuelito en la ofrenda o cuando vayamos de visita al panteón, le pegará a la cruz para hacer sonar su súper anillo de poder y tendré que esconder mi ropa negra.

Cuando no me quiera bañar diré que de mugre nada me pasa y que mejor se bañen los que me quieren bañar.

Si algo se pierde, se enojará y nos preguntará: Pues ¿Dónde lo dejaste? ¿Por qué no guardas las cosas? Todo dejas ahí tirado. Le prenderá una veladora a San Antonio para que nos ayude a encontrarlo. O mejor aún, ella lo habrá guardado y se le olvidará sin querer.

Le dará de comer al gato y/o al perro por la orilla sin que nadie se de cuenta y por la noche la escucharé rezar, pedirle a Diosito que cuide a sus hijos.

Cuando vayamos a algún lugar en el carro, ella se acomodará y querrá ir a sus anchas aunque los demás vayamos muy apretados. Si son tramos grandes, preguntará que si falta mucho porque está muy lejos.

Si el sueño me gana en el sillón, ella siempre me echará su chal o alguna cobijita encima porque hace frío. Pero antes me insistirá que ya nos subamos a nuestras camas.

Cuando vaya a la comercial, tendré que cargar la bolsa más pesada para evitar que ella lo haga, se me entumiran los dedos porque "Ya falta poquito para llegar" y al final me dirá que ni pesaban tanto.

Cuando le haga un huevo estrellado me agradecerá con un tierno: Gracias, señorita. Entonces la veré raro y me responderá con ¿Qué no eres señorita? y morir de risa con tan ingeniosa respuesta.

Cuando la abracé me dirá: ¡Ay mijita chula, cuidate mucho porque hay muchos muchachos malos!

Si me enfermo, me cuidará dándome la medicina, sintiendo mi frente para estar al pendiente que no tenga fiebre y me cubrirá con una cobija, verá a mis gatos a mi alrededor, les dirá que me tienen que cuidar y que me hagan compañía mientras ella regresa de hacer lo que estaba haciendo.

Siempre supe que había aprendido muchas cosas de ella pero hasta ahora soy consciente de lo que en verdad me dejo. Sus canciones, sus costumbres, sus frases, sus palabras. Saber que frase diría si ella estuviera a mi lado o frente a mi.

Saber que los sustos y los corajes se pasan con tequila, a veces incluso olvidando cuanto tomaste y marearte. 

Que no importando los años, siempre debes tener una actitud fuerte e imponente a pesar de todo. Para que cuando sea tarde puedas decir: ¡Mira ya la hora que es, ya es bien tarde! ¡Va a llover! ¡Ya me voy a subir a dormir!

A cantar muy fuerte que hoy la que sea es igual, que las noches las hago días o que seas muy feliz.

Curiosamente a entender que no debo poner música porque me trae más recuerdos de los que quisiera y ponerme a llorar.

A rezar con las manos frente a mi, a que un rebozo siempre abriga. A hablar con los difuntos para minimizar un poco más el dolor, a que la leche sabe mejor con galletas y la comida con coca. 

Pedirle a santo niño de Atocha que nos cuide o a algún santo que me haga caso. Ella siempre tenía uno para cada ocasión. 

Cuidar a mis animales. Incluso, aunque no lo haya querido (se lo adjunto de cualquier manera) a adoptar gatos al por mayor porque me seguirán, cuidaran y me calentaran los pies.

Limpiarme con un huevo y a que me echen humo después de una visita al panteón. A que siempre debo traer cambio extra por si se descompone el camión. 

Que no use pantalones tan pegaditos o las faldas tan cortas, que mis piernas se ven gorditas con medias y que me veo bonita con botas. 

A mandar mucho allá lejos a quién no quiera tener cerca de mi, hijos de tal por cual. A extrañar. 

Conocer Chignahuapan y que las aguas termales siempre alivian todo al igual que el vaporub.

A que la oscuridad puede ser aterradora. Comer flan con elegancia sin dejar rastro.

Siempre debo observar bien como dejo mis cosas para saber si algún intruso esculco mis pertenencias.

¡¡A usar faldas!! 

Saber que a las abuelitas chiquitas no se les dice abuelas porque las abuelitas son ninjas que se pueden salir a la calle sin que nadie se entere.

A guardar en una servilleta lo que ya no quiera comer. Me enseñó que pase lo que pase, debo aferrarme a mi monederito.

Para que nadie se dé cuenta dónde guardo mi dinero, mandaré a quien me quiera ayudar a otro lado mientras yo lo sacó de su escondite secreto.

A ver películas y saber que actriz o actor trabaja con nombre y apellido.

Refranes como: "Para visiones, los pobres" cuando me pinte el cabello de un color nada natural. 


A que debo salir un ratito al sol para calentarme y sacudirme el frío. Y que tengo que comer por comer. 

A que el nesquik se parece a las croquetas de mis perras y que los frijoles no se echan a perder si les pongo coca.

Decir que no importa si me caigo porque ya tendré que levantarme y que no me estén chingando con tonterías. 

Y sigo teniendo miedo el no poder capturar la esencia que en verdad me dejó...


¡Ay nanita!

Considero que la vida de mi hermano es más fácil que la mía, digo fácil porque siempre he pensado que desde el CCH él tuvo la definición de lo que se dedicaría hasta el día de hoy, como si hubiera sido iluminado por alguna luz especial o como si hubiera escuchado música celestial cuando le preguntaron ¿Qué carrera elegirías?

Hace tiempo yo pensaba que mi hermano había sido elegido para no tener marañas en la cabeza, esas las tengo yo. Yo heredé la inseguridad y la oscuridad que aquejan a las mayoría de las mujeres; las típicas voces internas que te dicen que no sirves para nada y que (de pilón) por ser pesimista no tengo grandes expectativas del futuro.


Alguna vez en la primaria, me tocó defenderlo de un chiquillo naco que lo molestaba, incluso creo que alguna vez de un primo. Nadie puede molestarlo, excepto yo y viceversa. Ley universal e inviolable entre hermanos.
jum!

A él le ha tocado una carga más pesada, batallar con mis propios demonios en forma de lágrimas, comentarios y actitudes pesimistas de chica tonta derrotista un sin fin de veces.

Hace poco más de un año estaba buscando trabajo y por donde se me ocurría buscar no paraba de encontrar que solicitaban programadores front-end, full stack y de apps para IOs, se lo comenté y fue cuando se le iluminó la cara para decirme que él me enseñaría a programar, me lo dijo con el entusiasmo como cuando descubres una banda nueva, una canción preciosa y quieres contagiar de esa magia a las personas a tu alrededor. Aún no entendía porqué.

Por esos tiempos yo me había olvidado que había dejado mis datos en laboratoria meses atrás e intenté varias veces jugar a que quería programar, es decir, sentí que me gustaba pero, en primer lugar no le entiendo; segundo, no quiero repetir el patrón que tuve con Química; tercero y último, tenía mucho miedo porque ¿código? ¡ay nanita! eso es para gente demasiado inteligente y lógica como mi hermano. Ese personaje lo tiene él, el genio de la familia, yo…solo soy yo, cualquier cosa menos eso.

Y bueno, se ha de imaginar lo que sigue, hice los exámenes para laboratoria, pase a la etapa del pre-trabajo, otro examen y sobreviví de manera casi exitosa a la semana de preadmisión y hoy estoy orgullosamente graduada del reto del bootcamp, que de no ser por mi hermano y mi mamá estoy segura que ni estaría escribiendo esto.

Lo poco (o mucho) que he logrado en esta vida se lo debo, sin duda a mi hermano por inspirarme a ver más allá de lo que veo, reírme de mí misma, no conformarme con lo que tengo, tener hambre de querer siempre más, por decirme palabras que nadie más hace, por guiarme en decisiones importantes y apoyar cualquier decisión y locura que se me ocurra. Por guiarme en el camino del código, por creer en mí cuando yo no lo hago, acompañarme y dejar ser parte de un montón de travesuras, peleas y conciertos. No hay manera de explicar lo orgullosa que me siento de él por todo lo que ha logrado. Tal vez debería disculparme por no ser el ejemplo que él merece.

Obvio, a mi hermosa mamá porque siempre está para empujarme cuando ya no tengo ganas o me siento peor que derrotada, por soportar mi mal humor, mis lágrimas, mis berrinches y mis locuras aleatorias de todo tipo. A mi abuelita por cuidarme y ser el corazón que impulsa a mi mamá y por ende a mi hermano y a mi. Porque ambas me han mostrado con el ejemplo de que debo ser fuerte y que con llorar no soluciono nada, es decir, está bien llorar, pero debes secarte las lágrimas y seguir adelante, no hay más.

Porque sin ellos yo no sería ni una pizca de lo que soy. Gracias, maniguis. Gracias, mamita. Gracias abuelita por hacerme la Silvia Guerra Hernández que soy, una desarrolladora front-end jr (por ahora) con ambiciones para poder retribuir de alguna manera lo mucho que han hecho por mi. Los amo demasiado.

Esta es la foto más cercana a tenerlos a los 3 juntos, lo malo es que ya tiene tiempo.