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Mariposa

Substack

Justo me estaba desahogando con chatGPT porque, inconscientemente, mi cerebro me sigue traicionando; me susurra que necesito un título o en todo caso, una etiqueta y que posiblemente, eso me hará salir de la crisálida para volar entre la felicidad porque al tener una etiqueta, eso me dará verdad y libertad … 


La realidad no es así: un título no tiene relación con la felicidad. Lo de la etiqueta podría ser discutible. 


Entonces, tal vez, para ser una mariposa me haría falta una pluma y papel para llenarlo de historias, pensamientos, curiosidades, dibujos, pegatinas, envolturas de dulces, fotos que me recuerden algo para que me aterricen en el mundo; algo que me ayude a no ver solo blanco y negro, a aceptar matices y a entender que yo soy uno de ellos. 


Pero tal vez sigo siendo muy ambiciosa. Entonces la respuesta podría ser, para empezar: pensamientos, preguntas, curiosidad, valentía…Lo curioso es que creo que eso ya lo tengo. 


¿Qué tal si ya soy una mariposa y no me he dado cuenta?

Ventanas


Ayer, en instagram encontré una página que recomendaba este sitio. Es muy lindo porque te muestra lo que otras personas del mundo ven a través de ellas. 

A veces creo que no sé quien soy en realidad si la ansiedad no existiera en mi. Como buena amiga, me empezaba a convencer de que hay otras personas más artistas, más profesionales, más merecedores que yo de mostrar lo que ven sus ojos. 

Siento que con cada letra le estoy quitando argumentos porque me acorde de mi ventana favorita por siempre. 

La amo porque en la tarde, entre las 4 y 5 pm, la atraviesan los rayos del sol y exactamente no sé si es por el color de la cocina, el decorado o son los recuerdos que me ponen un filtro de nostalgia que no quiero que termine la hora mágica. 

Otra cosa por la que me encanta es por el árbol que se asoma saludando todo el día, posiblemente eso también le agrega magia a la luz. 

He intentado dibujarla, tomarle mil fotos para capturar un poco de la magia, pero nunca lo logro

Panorama

22.05.2026
El carrete del celular tiene bastantes fotos al cielo y a fachadas de casas antiguas. 

Entonces, me puse a cuestionar este tipo de decisiones y lo más "lógico" que me respondí es que me impacta mucho lo enorme. Y, tal vez, debería poner más atención a los detalles. 

Obviamente, empecé a pelear con esa idea porque sé que veo los detalles. Lo que pasa es que son muy fugaces. Como lo dijo Paloma en La elegancia del erizo: ver la delicadeza con la que un pétalo se desprende de la flor y cae.  

Para mi buena o mala suerte, no lo capturo con una cámara, pero me siento muy afortunada por estar ahí, observando ese instante. Así es mejor.

Ahora que lo pienso más tranquila, esto lo aplico en la vida. Me impactan muchísimo los logros desde afuera; me olvido de todo el panorama y sólo me centro en el arcoiris que me olvido de disfrutar el proceso, la composición y los detalles que lo armaron.

Aunque, si voy más profundo, le tomo fotos al cielo para recordarme lo enorme que es el mundo. Para decirme que no todo gira en torno a mí, que debo mantener los pies en la tierra y, al mismo tiempo, permitirme soñar sin burlarme de mí misma.

No entiendo porque quiero darle significado a todo, pero este hábito podría ser que soy ambiciosa y quiero meter demasiado en una "sencilla" foto. O tal vez nada y empiezo a divagar a estas horas. 

El darme cuenta de esta manía me muestra mi propia auto exigencia buscando una simetría imposible, y mi arrogancia de querer estar en todos los lugares posibles y "mostrar algo único". 

Chocolate

No sé cómo ni cuando comencé a sentir esta montaña de ansiedad. Ir a terapia me ayudó a recordar aquella clase del coro donde Óscar mencionó que, para llegar a una nota alta, el secreto es verla desde arriba. 

Hay días en que mi amiga ansiedad me dice que publicar es una tontería; que nadie lo verá, leerá, notará ni le importará. Por lo tanto, es mejor no hacerlo.

Puede que algo de eso sea cierto, pero, siento que necesito hacer este ejercicio para silenciar aquella voz que insiste en invalidarme. 

Prefiero publicar y que esto se convierta en un tipo diario con escritos feos, que en un futuro me den algo que leer o recordar a quedarme con las ganas. 

Bla bla bla...mejor llamaré a esta sección: Desde arriba

El buzón vacío

Pinterest

Es que no siempre las noticias, sean buenas o malas, viajan tan rápido como uno desea que lo hagan, a veces, se toman su tiempo, como si estuvieran encontrando el momento en el que te descuidas o no las estás esperando.

En cambio, en mi cabeza, empieza a llegar una avalancha de ideas que saturan la recepción de mensajes.

Como si fuera un tribunal, ambas posibilidades defienden sus posturas con argumentos muy convincentes.

La voz que dice que si entré al trabajo se defiende explicando que las buenas noticias tardan más en cocinarse. Sólo están preparando el espacio o los horarios para la siguiente entrevista, dice convencida.

Parece ser un argumento válido, pero no lo suficiente porque las malas noticias interrumpen con ideas sólidas, bastante crudas y rudas.

Inicia calmado, como si tuviera todo el tiempo del mundo, saboreando cada palabra que sabe que me tortura y eso lo hace sentir poderoso, como si me quisiera convencer que tiene razón.

De hecho, a primera vista parecía que la intuición está a su lado; pero observando detalladamente, se puede ver que en realidad es el miedo al que le encanta disfrazarse.

La entrevista fue tan irrelevante que es posible que hasta se les perdió la candidatura, dijo fuerte.

Se dieron cuenta que eres lo suficientemente torpe para llenar el puesto, continua con severidad. Sólo que ellos lo llaman “falta de seniority” y si seguimos escarbando, seguro que encontramos más defectos.

La ansiedad se levanta apresuradamente argumentando que ese es su campo. No deben meterse en su trabajo; ella ya tenía un reporte completo para la ocasión, pero en este momento no es adecuado.

Y mientras la ansiedad acomoda los papeles, el miedo se fue de la sala y el otro par sigue levantando la voz por convencer a los demás quien tiene razón.

En un rincón estoy yo, viendo el caos de las probabilidades; me doy cuenta que me hice pequeña, que todos se olvidaron de mi y el buzón sigue sin noticias.

Insignificante

¿Y si termino conviertiéndome en un mueble más, en polvo o en un adorno olvidado y arrinconado? 


Si por alguna razón "la casa" se derrumbara, yo ni en los escombros quedaría de tan pequeña e insignificante que soy.


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Vacío

Pinterest

Las hojas de los árboles son verdes, se mueven al compás del viento y me saludan al llegar a casa. 

Mis gatitos me reciben con colitas paradas y maullidos, y en la noche me arrullan con ronroneos. 


Mis perritas se mantienen a mi lado, aunque ya no vean o no puedan moverse como cuando estaban cachorritas. 


La gente sale a la tienda, al mercado, al trabajo, a prisa, como si la vida fuera más lenta al correr.


La música suena para apagar el silencio, o tal vez para no escuchar los pensamientos.


Todo parece funcionar bien, como un reloj. Cada cosa tiene su lugar, su ritmo, su propósito. 


Y, aun así, siento que hay algo que no logro nombrar. 


Tal vez soy yo la que se puso en una esquina de aquella máquina de reloj. Tal vez mis lentes están empañados. Porque, aunque agradezco todo lo que me acompaña, aunque “todo parece ir bien”, hay algo que no se llena.


Es como si llevara un vacío en el pecho. No como adorno. Uno que no se sacia, que no responde a la música, ni al viento, ni a los ronroneos. 


Sin importar lo que haga, los pensamientos que cambie, ahí está, en el pecho, y me temo que cubra todo el cuerpo para convertirme en un ser como en los videojuegos: los que usan de relleno, un personaje secundario de mi propia vida, una amargada que sólo tiene gatos para tratar de llenar la habitación, pero sin conocerlos a todos, sin saber su personalidad y sin saber si alguno me necesita.


Un algo gris que ya no saluda a los árboles porque cree que es estúpido, y que lo era por creer que me saludaban.

Pinterest


Es como si buscara algo “extraordinario” con qué llenarlo o, al menos, calmarlo. Pero, a veces, nada lo es. 


Otra ocasiones, descubro que se encuentra en demasiadas cosas y no sé cuál elegir; entonces me abrumo, le quito peso a todo para que nada lo sea. 


Y, al final, concluyo que ese vacío no existe. 


Que ese hueco de nada es bueno, porque no hay leyes ni estructuras rígidas; eso me da libertad de hacer lo que yo quiera, y tal vez ese nada es lo que me asusta. 


Me paraliza porque me exijo, me presiono por crear ese algo extraordinario que busco, pero antes siquiera empezar, me canso, me tiro al suelo sin siquiera haber entrado a la batalla. 


O simplemente es porque siempre intento explicarlo, colorearlo, entenderlo… y aún no me atrevo a sentirlo del todo.

Silencio

En todos estos años, para mí, el silencio ha sido como una cobija calientita que protege de todos los monstruos, internos y externos.

Cuando era muy pequeña, varios adultos e incluso niños me preguntaban si los ratones me habían comido la lengua o por qué hablaba tan poco; algunos dudaban de mi capacidad para pronunciar palabras. Debo aclarar que crecí en los noventa, con la premisa de que debía ser “niña buena” y no cuestionar las cosas. Entonces no tenía el valor de responder; por el contrario, me aislaba más y quería hablar menos.

El silencio siempre ha sido como una guarida que me mantiene a salvo porque no llamaba la atención, o como si fuera una gran capa que me ayudaba a desaparecer. Salvo ante los crueles, que se daban cuenta de que los observaba; eso no les gustaba y me señalaban para bajarme de aquel mástil que creé en mi cabeza, como si estuviera en un barco.

En estos últimos años siento que la vida lo está usando como forma de castigo. En realidad, eso lo dice mi lado inmaduro; sé que, no tan en el fondo o en un futuro no tan lejano, me enseñará algo muy valioso.

Pero en sí, el silencio no es lo que me causa dolor; son los procesos, las personas encargadas del reclutamiento, el tiempo o simplemente la acumulación de trabajo que les impide estar al pendiente de todos los candidatos descartados.

Es el eco que no responde en forma de un mail o un mensaje. Es que alguien más me ponga la capa de invisibilidad y me la aviente en la cara, muchas veces lastimando y creando un silencio afilado.

Hay silencios que, aunque duela aceptarlo, son la respuesta que estamos esperando. He aprendido que algo más cruel que un tipejo que no quiera responder algún mensaje es cuando responden por compromiso; cuando no encuentran la forma de librarse de ti por educación o por cualquier razón.

Existen silencios que son el espacio perfecto para que una emoción madure. La tristeza lo usa para crear lágrimas, o quizá es el tiempo en el que invade el cuerpo. Creo que casi cualquier emoción necesita del silencio para procesarse y después poder expresarse o definirse.

Hay silencios necesarios para crear, sin la distracción del ruido cotidiano; silencios que ayudan a ordenar las ideas o simplemente a caer en un momento de inspiración y dejarse llevar para confeccionar algo, sin importar las herramientas.

Algunos tantos son sanadores, casi mágicos, porque permiten relajarse de cualquier preocupación. Otros pueden ser incómodos, pero podrían indican que no son el uno para el otro o quizá que no conocías a esa persona como creías.

También existen silencios vacíos que, si te encuentran débil, como un huracán te arrastran con fuerza y, en lugar de volverse inspiración, se transforman en pesadilla. A la ansiedad le encanta el silencio porque es cuando aprovecha para susurrar pensamientos intrusivos o crear imágenes que posiblemente no sucederán. En cambio, si logras encontrar una salida del laberinto silencioso y te aferras a algunas palabras, a una actividad, a una persona flotante, a una mascota o incluso a una rica comida, puedes salir de esa turbulencia.

A la ansiedad se le debilita con ruido, con movimiento, con acciones que son lo opuesto al silencio inmóvil. La tristeza, en cambio, tiene la ambivalencia de querer silencio para llorar, para sentirse; no es tímida, al igual que la alegría, que también necesita expresarse. El problema surge cuando combinas ambas emociones con el entorno social y quién sabe qué más: esos silencios pueden volverse trágicos y dolorosos. Son los más preocupantes, pensando en las dolencias y sufrimientos que cada persona carga y sufre a solas, o que pueden orillarla a atentar contra su propia vida.

En la música, el silencio no es ausencia: es pausa, tensión y promesa. Quizá en la vida también.

Las desventajas de ser un robot sensible

Las entrevistas son pocas en un mundo que exige habilidades como si la especie humana aspirara a ser un robot: uno que no siente, no se cansa y solo existe para producir dinero. Entre menos sientas o pienses, mejor. Así te podemos programar al gusto.

El verdadero problema es que, como un gran idiota me dijo alguna vez: “sientes mucho, no deberías hacerlo, trata de ya no sentir”. Ojalá fuera fácil. 

Como si mi sensibilidad, la forma en que veo el mundo, a las personas e incluso a las cosas, mi sentido de justicia y mi manera de pensar fueran un botón que pudiera manejar a mi antojo; prenderlo y apagarlo según convenga para no incomodar a los demás.

Al mismo tiempo, hay otra parte de la población que siente algo parecido, más o menos que yo, que lo aplaude y casi exige sentir aún más, como si no existiera un precio que pagar por vivir de esta manera.

Peor aún: la sensibilidad —o todos estos sentimientos que ni siquiera siempre se pueden nombrar— no se pueden monetizar, entonces debes aprender a ponerte un traje. El dinero no se lleva bien con los sentimientos… bueno, salvo con los de avaricia; esos siempre están ahí, coqueteando. Seguramente alguna vez caí en eso. Tampoco quiero hacerme la mártir ni la inocente, porque sería la primera mentira del texto.

Por eso dicen que no es bueno estar en medio. Aparentemente ese siempre ha sido “mi problema”: no decidirme por un lado. No porque no quiera, sino porque otra cosa en mí es la polarización extrema. Todo es blanco o negro. Me olvido de la existencia del gris y de los miles de millones de tonos intermedios.

Aun así, siempre elijo el cero, porque está al centro del plano cartesiano. Como referencia. Como punto de partida. Como lugar incómodo desde donde miro todo.

¿Ahí es donde existe o afirmo mi humanidad?