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Las hojas de los árboles son verdes, se mueven al compás del viento y me saludan al llegar a casa.
Mis gatitos me reciben con colitas paradas y maullidos, y en la noche me arrullan con ronroneos.
Mis perritas se mantienen a mi lado, aunque ya no vean o no puedan moverse como cuando estaban cachorritas.
La gente sale a la tienda, al mercado, al trabajo, a prisa, como si la vida fuera más lenta al correr.
La música suena para apagar el silencio, o tal vez para no escuchar los pensamientos.
Todo parece funcionar bien, como un reloj. Cada cosa tiene su lugar, su ritmo, su propósito.
Y, aun así, siento que hay algo que no logro nombrar.
Tal vez soy yo la que se puso en una esquina de aquella máquina de reloj. Tal vez mis lentes están empañados. Porque, aunque agradezco todo lo que me acompaña, aunque “todo parece ir bien”, hay algo que no se llena.
Es como si llevara un vacío en el pecho. No como adorno. Uno que no se sacia, que no responde a la música, ni al viento, ni a los ronroneos.
Sin importar lo que haga, los pensamientos que cambie, ahí está, en el pecho, y me temo que cubra todo el cuerpo para convertirme en un ser como en los videojuegos: los que usan de relleno, un personaje secundario de mi propia vida, una amargada que sólo tiene gatos para tratar de llenar la habitación, pero sin conocerlos a todos, sin saber su personalidad y sin saber si alguno me necesita.
Un algo gris que ya no saluda a los árboles porque cree que es estúpido, y que lo era por creer que me saludaban.
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Es como si buscara algo “extraordinario” con qué llenarlo o, al menos, calmarlo. Pero, a veces, nada lo es.
Otra ocasiones, descubro que se encuentra en demasiadas cosas y no sé cuál elegir; entonces me abrumo, le quito peso a todo para que nada lo sea.
Y, al final, concluyo que ese vacío no existe.
Que ese hueco de nada es bueno, porque no hay leyes ni estructuras rígidas; eso me da libertad de hacer lo que yo quiera, y tal vez ese nada es lo que me asusta.
Me paraliza porque me exijo, me presiono por crear ese algo extraordinario que busco, pero antes siquiera empezar, me canso, me tiro al suelo sin siquiera haber entrado a la batalla.
O simplemente es porque siempre intento explicarlo, colorearlo, entenderlo… y aún no me atrevo a sentirlo del todo.

