Cuando era muy pequeña, varios adultos e incluso niños me decían si me habían comido la lengua los ratones o por qué hablaba tan poco; algunos dudaban de mi capacidad para pronunciar palabras. Debo aclarar que crecí en los noventa, con la premisa de que debía ser “niña buena” y no cuestionar las cosas. Entonces no tenía el valor de responder; por el contrario, me aislaba más y quería hablar menos.
El silencio siempre ha sido como una guarida que me mantiene a salvo porque no llamaba la atención, o como una gran capa que me ayudaba a desaparecer. Salvo ante los crueles, que se daban cuenta de que los observaba; eso no les gustaba y me señalaban para bajarme de aquel mástil que creé en mi cabeza, como si estuviera en un barco.
En estos últimos años siento que la vida lo está usando como forma de castigo. En realidad, eso lo dice mi lado inmaduro; sé que, no tan en el fondo o en un futuro no tan lejano, me enseñará algo muy valioso.
Pero en sí, el silencio no es lo que me causa dolor; son los procesos, las personas encargadas del reclutamiento, el tiempo o simplemente la acumulación de trabajo que les impide estar al pendiente de todos los candidatos descartados.
Es el eco que no responde en forma de un mail o un mensaje. Es que alguien más me ponga la capa de invisibilidad y me la aviente en la cara, muchas veces lastimando y creando un silencio afilado.
Hay silencios que, aunque duela aceptarlo, son la respuesta que estamos esperando. He aprendido que algo más cruel que un tipejo que no quiera responder algún mensaje es cuando responden por compromiso; cuando no encuentran la forma de librarse de ti por educación o por cualquier razón.
Existen silencios que son el espacio perfecto para que una emoción madure. La tristeza lo usa para crear lágrimas, o quizá es el tiempo en el que invade el cuerpo. Creo que casi cualquier emoción necesita del silencio para procesarse y después poder expresarse o definirse.
Hay silencios necesarios para crear, sin la distracción del ruido cotidiano; silencios que ayudan a ordenar las ideas o simplemente a caer en un momento de inspiración y dejarse llevar para confeccionar algo, sin importar las herramientas.
Algunos son sanadores, casi mágicos, porque permiten relajarse de cualquier preocupación. Otros pueden ser incómodos, pero indican que no son el uno para el otro o quizá que no conocías a esa persona como creías.
También existen silencios vacíos que, si te encuentran débil, como un huracán te arrastran con fuerza y, en lugar de volverse inspiración, se transforman en pesadilla. A la ansiedad le encanta el silencio porque es cuando aprovecha para susurrar pensamientos intrusivos o crear imágenes que posiblemente no sucederán. En cambio, si logras encontrar una salida del laberinto silencioso y te aferras a algunas palabras, a una actividad, a una persona flotante, a una mascota o incluso a una rica comida, puedes salir de esa turbulencia.
A la ansiedad se le debilita con ruido, con movimiento, con acciones que son lo opuesto al silencio inmóvil. La tristeza, en cambio, tiene la ambivalencia de querer silencio para llorar, para sentirse; no es tímida, al igual que la alegría, que también necesita expresarse. El problema surge cuando combinas ambas emociones con el entorno social y quién sabe qué más: esos silencios pueden volverse trágicos y dolorosos. Son los más preocupantes, pensando en las dolencias y sufrimientos que cada persona carga y sufre a solas, o que pueden orillarla a atentar contra su propia vida.
En la música, el silencio no es ausencia: es pausa, tensión y promesa. Quizá en la vida también.













Comentarios
Publicar un comentario