Es que no siempre las noticias, sean buenas o malas, viajan tan rápido como uno desea que lo hagan, a veces, se toman su tiempo, como si estuvieran encontrando el momento en el que te descuidas o no las estás esperando.
En cambio, en mi cabeza, empieza a llegar una avalancha de ideas que saturan la recepción de mensajes.
Como si fuera un tribunal, ambas posibilidades defienden sus posturas con argumentos muy convincentes.
La voz que dice que si entré al trabajo se defiende explicando que las buenas noticias tardan más en cocinarse. Sólo están preparando el espacio o los horarios para la siguiente entrevista, dice convencida.
Parece ser un argumento válido, pero no lo suficiente porque las malas noticias interrumpen con ideas sólidas, bastante crudas y rudas.
Inicia calmado, como si tuviera todo el tiempo del mundo, saboreando cada palabra que sabe que me tortura y eso lo hace sentir poderoso, como si me quisiera convencer que tiene razón.
De hecho, a primera vista parecía que la intuición está a su lado; pero observando detalladamente, se puede ver que en realidad es el miedo al que le encanta disfrazarse.
La entrevista fue tan irrelevante que es posible que hasta se les perdió la candidatura, dijo fuerte.
Se dieron cuenta que eres lo suficientemente torpe para llenar el puesto, continua con severidad. Sólo que ellos lo llaman “falta de seniority” y si seguimos escarbando, seguro que encontramos más defectos.
La ansiedad se levanta apresuradamente argumentando que ese es su campo. No deben meterse en su trabajo; ella ya tenía un reporte completo para la ocasión, pero en este momento no es adecuado.
Y mientras la ansiedad acomoda los papeles, el miedo se fue de la sala y el otro par sigue levantando la voz por convencer a los demás quien tiene razón.
En un rincón estoy yo, viendo el caos de las probabilidades; me doy cuenta que me hice pequeña, que todos se olvidaron de mi y el buzón sigue sin noticias.

