Este año se sintió como una extensión del anterior, como si no hubiera ocurrido el cambio de calendario. A veces tengo que preguntar si algo pasó en 2025 o en 2024. Los meses se desdibujan, se superponen, pierden contorno.
Fue un año atravesado por el silencio de las empresas, y mi mente, experta en llenar vacíos, aprendió a poblarlos con defectos que quizá no existen. Una forma torpe, pero eficaz, de anticiparme a comentarios que nunca llegaron.Con el paso de los meses entendí que estaba esperando un eco que no volverá —diría Cerati—. Ya no sé si fui consciente de mí o qué tan adentro estuve de ese agujero de conejo por el que sentí que caía, lenta pero constantemente.
Un año que no parecía dar tregua para sentir. Antes de tomar la dificilísima decisión de dormir al amor de mi vida por catorce años, el tiempo se volvió huracán. Desde la pérdida de Lucho, todo giró con más fuerza. Lo extraño profundamente, igual que a Pi.
La quietud no fue sólo laboral. Fue como si el ojo del huracán me hubiera atrapado y, desde ahí, todo se silenciara. Desde fuera podía parecer que todo estaba bien, pero alrededor persistía un caos que, hiciera lo que hiciera, no parecía tener fin.
Agradezco tener la música. Tener ese tipo de trabajo y dos bandas que amo, que me sacan del huracán o me devuelven a la realidad lo suficiente como para recordarme que ha pasado otro mes, y luego otro más.
El entusiasmo por alcanzar una meta me ilusionó varias veces. Más de una vez confundí el avance con el regreso al mismo punto. Y aun así, la música volvió a rescatarme: me acercó a algo parecido a un centro, o al menos me mantuvo ocupada, sintiéndome útil.
Tal vez no salí del huracán. Tal vez sólo lo musicalicé. Pero eso bastó para sentirme acompañada y creer que los vientos no eran tan despiadados como parecían.
Fui a Cuernavaca. Anduve del tingo al tango con la orquesta hasta casi finales de año. Volví a cantar con el coro y, sólo por eso, podría decir que fue un buen año. Pero hubo más: estar en contacto con Lobito; entregarle el muñequito que hicimos mi mamá y yo; asistir al concierto de los Bandalos; ver a mis dos bandas favoritas sacar nuevo disco; reencontrarme con Aurora en el Corona Capital; cumplir el sueño de ver a los Gallagher juntos otra vez; y permitir que Russian Red trajera de vuelta memorias como una ola.
Como cereza en el pastel, tuve el enorme honor de proyectar en Bellas Artes. Confirmar cuánto he aprendido y aceptar, sin culpa, que me gusta profundamente hacerlo.
Fue un año de cambios en casa, de trabajos pendientes, de conocer lugares nuevos, trayectos distintos y música compartida gracias a Amito. Un año de intentos, de aprendizaje. De disfraces tiernos y bien hechos, de risas, lágrimas, sueños extraños e historias que valdrá la pena recordar.
También fue el año en que entendí lo fuerte que es mi cuerpo y la cantidad de estrés que puede soportar para mantenerme viva. Y quizá, sobre todo, el año en que confirmé cuánto amo a mis gatitos y lo importante que es para mí cuidarlos y protegerlos.











Comentarios
Publicar un comentario